La muchacha de las fotos y el mejor regalo.
Su gran pasión es la cámara, así lo afirma y lo corroboro. Cada vez que sale de su casa ella la acompaña; tal parece que se siente desarmada y no quiere perder la oportunidad de conservar el presente para el futuro.
Es como las personas del campo una mujer sencilla que no guarda presunciones exageradas e incluso en muchas ocasiones prefiere el anonimato.
Te mira con atención aunque parezca distraída, no necesita protocolos y se presenta a sí misma mientras te enfoca con el lente de su NIKON. No se sonroja, aunque la coloquen entre la espada y la pared si en algún momento imperecedero un colega, apenas conocido, le pide que done una de sus fotos para ilustrar un blogs o alguna publicación. Lo hace sin mediar convenios, y nunca se queja de los amigos, que usan y abusan de su talento y que muchas veces ni la mencionan por cortesía. Eso no tiene importancia, suele repetir.
Sólo a ella corresponde el mérito de haber llegado por primera vez con la naturalidad y el desenfado que la caracteriza a la residencia del Jefe de la (Anti) Diplomacia Norteamericana y sacar su cámara para dejar constancia de la desvergüenza con que se arrastran sus mercenarios ante los pies del amo.
Sin miedo, sin que le temblaran las manos, con el derecho que le asiste la necesidad de cumplir con su deber lo hizo en decenas de ocasiones, con una sonrisa tierna y afable y como si no ocurriera nada excepcional dejó constancia de las nauseabundas interioridades de una contrarrevolución que a duras penas es fabricada y pagada por el feroz imperio.
Su extenso, por más que históricamente valioso testimonio aparece con frecuencia en los grandes medios cuando de difamar a Cuba se trata, sin embargo, ninguno, de los “éticos” medios de la gran prensa “libre” mencionan a la autora de tal y cual foto y mucho menos se refieren a ella por su nombre: Alicia Zamora, la misma de la sonrisa ingenua y natural. Es como si sintieran temor de recordar el ridículo, de aceptar que esa sencilla mujer devenida Agente Xiomara de la Seguridad cubana, les tomó una y otra vez el pelo sin que ellos se percataran.
Cuando aquel 24 de febrero del 2003 con motivo de la insigne fecha patria fue convocada por Martha Beatriz Roque para reportear la conferencia de prensa que presidida por James Cason el Jefe de la Sección de Intereses yanquis que con más aires de anexionismo vino a desempeñar su cargo al frente de los asuntos de su país, tomó la cámara que exactamente un mes antes había puesto en sus manos Nicholas Giacobbe, entonces segundo Secretario de Prensa y Cultura de la SINA y se movió hábilmente entre el grupo de reptiles que le hacían coro al engendro diplomático.
Nos dotó de imágenes imborrables. Una y cientos de veces asistió a recepciones, cócteles, almuerzos, cenas de despedida, asambleas de “rendiciones de cuentas” encuentros. Guardó celosamente la imagen de algún que otro emisario enviado por el imperio que llegaba cargado de ropa, medicinas, alimentos y dólares para que traicionara a su pueblo.
Por su sencillez no cuenta la emoción del primer encuentro con el Comandante en Jefe Fidel Castro el 26 de julio de aquel año. Todos, estábamos muy tensos y ansiosos por abrazarlo. A mi iniciativa habíamos preparado un ejemplar del libro “Los Disidentes” para obsequiarlo a él, pero con la particularidad de que cada uno de los 12 Agentes descubiertos en abril de 2003 le escribiera en sus correspondientes páginas sus dedicatorias. Cuando casi estaba terminado el libro un compañero se me acercó y me pidió que se lo entregara a Néstor Baguer, “Octavio” para que él se lo entregara; lo que acepté a gusto. Cuando Fidel irrumpió en el lugar donde estábamos a medida que se acercaba saludando a otros compañeros la detuve diciéndole: ¡Donde está Fidel no se corre”! y éste al percatarse del detalle se acercó y después de besarnos me enseña el ejemplar del libro que trae en su mano y me pregunta qué es eso. Brevemente le explico que eran nuestras entrevistas y me pidió le explicara lo que cada cual hizo en síntesis. Cuando preguntó por la labor de Alicia le expliqué: “a ella le cabe el privilegio de haber inaugurado la era de la fotografía en la intimidad diplomática, dentro de sus guaridas” abundé sobre su testimonio fotográfico, le conté que fue ella la autora de la foto donde James Cason verifica el discurso de su mercenaria mimada y sólo la miró y dijo: ¡Con esa carita! ¡Sí Comandante con esa carita lo hizo! Y nos reímos y nos abrazamos con picardía criolla con el orgullo del deber cumplido. Así permanecimos largo rato.
Hoy, nueve años después de aquel 24 de febrero en que la prensa internacional hizo circular la imagen de un diplomático que con desmedida bravuconería emplazaba al gobierno cubano al hacer declaraciones oficiales desde la vivienda de una de sus más útiles empleadas, justamente el día en que los cubanos celebramos el grito de independencia y honramos nuestra decisión hasta hoy mantenida de ser libres, la autora es la misma muchacha que pasa inadvertida haciendo su trabajo y disfrutándolo con un placer sin par, que conserva como premio la foto en que Fidel hizo su pregunta, la misma que en cada Encuentro, en cada Conferencia cede humildemente la palabra, cede su espacio muy bien ganado para defender a ultranza la tesis: una imagen vale más que mil palabras.
Ella aguarda pacientemente perdida entre la muchedumbre el mejor momento para librar su batalla profesional. Su obra toda es el mejor ejemplo de la naturalidad con que la mujer cubana combate al enemigo. Su sonrisa fue, es, su mejor aliada. Su deseo de servir, le insufla amor y maestría al disparar el obturador porque, para ella lo esencial es invisible a los ojos y se necesita alma para verlo.




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